Tabaré Vázquez: de La Teja a la eternidad

07.12.2020 - Montevideo, Uruguay - Néstor Impemba

Tabaré Vázquez: de La Teja a la eternidad
(Imagen de ILO.org (C) Crozet / Pouteau/Flickr)

Hace 50 años, una noche muy tarde en la silenciosa y adormilada ciudad de Montevideo, sonó el teléfono en la casa de mi tío Ulises. Al otro lado de la línea estaba yo, un mozalbete devenido en adulto por obra de la vida, anunciando el fallecimiento de mi otro tío Lorenzo (a diferencia de Ulises, éste por parte de mi padre). La respuesta de Ulises fue la clara expresión de lo que un hombre parco pero preciso debía decir en ese momento. Olvídense de suponer que dio sus condolencias; él dijo: “y tanto hijo de p… que anda por ahí”.

La muerte del Dr. Tabaré Vázquez, acaecida esta misma madrugada en la misma ciudad, en el mismo silencio dolido de las malas noticias que nos despiertan a mitad de la noche, me remite a la misma reflexión de Don Ulises. Los que me conocen saben que creo muy poco en la piedad. Es una injusticia, y lo será por el resto de los tiempos, que los hombres y las mujeres cuyo único sentido para vivir fue el bienestar de los demás, sean sepultados en la tierra que los vio nacer y luchar, justo cuando el enemigo arrecia con su segadora, destruyendo todo lo que ellos construyeron.

Tabaré no quiere decir cualquier cosa en el lenguaje del Uruguay. Es el título del poema épico que Juan Zorrilla de San Martín escribió, y que narra la epopeya de la raza originaria de esas tierras, la Charrúa. Sería la fuerza de la madre tierra desde el modesto lugar de un país que ya no cuenta con grupos originarios, que fueron exterminados por la conquista y por algunos caudillos asesinos autóctonos.

Nacido el 17 de enero de 1940, Tabaré abrió sus ojos al mundo en el barrio obrero de La Teja, un lugar tradicional de la capital uruguaya. Un barrio de trabajo, de vivir con lo justo, de murga y cambio. El lugar desde donde siempre se respiró la hidalguía de pelear la existencia codo a codo, con un toque de fervor y otro de humor. Como si un espíritu mágico se hubiese apoderado de la zona, el entramado de los barrios más pobres viene bajando por la ladera del Cerro y se desparrama gracioso y picaresco por esa región de la ciudad, dando cohesión al hermoso cordón trabajador, en que la gente es de dar la mano y dar una mano.

Y Tabaré, que confiesa que desde niño se escapaba con sus amigos para “colarse” en la cancha de Progreso, decidió, desde ese mismo sitio, empezar el camino de la gestión. Porque además de hacerse Médico, fue presidente de Progreso. Su corazón era rojo y amarillo, como la camiseta de ese Club. Ironía del destino, fue recorriendo el mismo camino que cierta mala gente que los argentinos conocen y padecieron. Presidente de club, Intendente de Montevideo y Presidente de la República. (En Uruguay, un Intendente es, para comparar, un gobernador de Provincia de Argentina).

El Oncólogo Tabaré dio la primera estocada a la derecha tradicional de su País en 1989, cuando fue electo Intendente de Montevideo.

En el contexto era una alarma para los ricos. Hoy no parece tan significativo; suena a alternancia democrática. Pero no lo era. Fue un antes y un después y los fascistas lo saben. Como ya contamos en alguna ocasión, un frente político de izquierda venía lidiando con las injusticias desde 1971, buscando poner fin a la eterna hegemonía que los dos partidos de derecha (Colorado y Nacional) tenían desde la independencia del país, allá por la primera mitad del Siglo XIX.

Pensar un Uruguay dirigido por la izquierda pasó de utopía a realidad gracias a la punta de lanza de aquella elección a Intendente. Desde allí, Montevideo nunca se entregó. Siempre el interior fue más difícil, más sometido por la cultura de la dependencia impuesta por los grandes latifundistas y caudillos del statu quo. Pero el Oncólogo y sus compañeros nunca se llamaron a sosiego. A pesar de un sistema de elección presidencial con segunda vuelta, que hacía que la derecha se agrupara cobardemente tras el más votado de los dos partidos viejos, en 2004 Tabaré supera por primera vez el 50% de los votos en primera vuelta e instala una frase de balcón que nunca va a ser olvidada: “Festejen uruguayos, que la victoria es suya”.

El niño del barrio obrero lo había hecho. Enfrentando a los descendientes de Luis Alberto de Herrera, quien sostenía que el hijo de su lustrabotas no iba a llegar a doctor, él llegó a Doctor, a Presidente de Club, a Intendente departamental, y a Presidente de la República, en la propia y desesperada cara de los poderosos. Y de los poderosos del Continente. No fue ni será el único latinoamericano electo presidente viniendo de la clase trabajadora. Eso sí, se necesita convencer a más del 50% de la gente, en medio de un mar de daños estructurales a la mente y al cuerpo de la masa urbana y rural provocado por un siglo y medio de machacar con un demoníaco discurso hegemónico.

Sería inútil explicar los cambios que Tabaré y su Frente fueron logrando en favor de los más humildes. Razonando por el absurdo, el lector podrá ir conociendo las alteraciones que los nuevos gobernantes del Uruguay van haciendo sobre las leyes populares de los 15 años de gobierno de la izquierda. Todas las mejoras introducidas en el bienestar de los necesitados están bajo amenaza. Pero hoy estamos despidiendo a un hombre, a una sensible parte del hombre nuevo, a una porción de la Historia, al sujeto dentro de un sujeto mayor, al que más se atrevió, al que implantó la idea que de La Teja (barrio de murga, mate y amigos) es de donde se sacan los emergentes honestos y sin almidón para el futuro de un Mundo sin explotadores.

Tabaré no era de pisar a nadie. Dejó que su antecesor, el colorado Batlle, inaugurara el  nuevo Aeropuerto de Carrasco, porque el inicio de las obras había sido bajo esa gestión. Viajó a la asunción de Alberto Fernández con el electo sucesor Luis Lacalle, en muestra del sentido democrático de su existencia. Lo que le importaba era el bienestar de todos y no el pavonearse como suele ser el estilo de la derecha. No perdió su tiempo en marcar la cancha, sino en trabajar. Tal vez los años de estar expuesto a las radiaciones, por ser pionero en los tratamientos oncológicos, fueron los que le trajeron su propia enfermedad terminal. No lo sé; sólo especulo desde mi conocimiento del tema.

Lo cierto es que no todos los días nos toca agradecer haber vivido para sentir que un hombre de La Teja se sentó en el sillón que los poderosos quieren para su provecho y que los humildes quieren para su protección. Está hecho. Nunca será igual. La espada de Damocles caerá tarde o temprano sobre la cabeza de los hambreadores, porque el chico de La Teja la dejó preparada, para vos y para mí.

Categorías: Opiniones, Política, Sudamérica
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