La “visita” de los animales a la ciudad no debe ser leída como una nota de color

06.04.2020 - Gustavo Figueroa

Este artículo también está disponible en: Francés

La “visita” de los animales a la ciudad no debe ser leída como una nota de color
Atravesamos y vivimos en la actualidad una dictadura discursiva, simbólica y filosófica en donde se difunde sólo lo que ve el pensamiento occidental, omitiendo sistemáticamente las observaciones del mundo ancestral y preexistente. (Imagen de Gustavo Figueroa)

Las nuevas formas de extractivismo que amenazan sustituir hasta la última gota de la naturaleza en nombre del antropocentrismo y la proyección de un posible film de ficción sobre el desarrollo tecnológico y el progreso occidental

Los barbijos, la distancia social obligatoria, el aislamiento, la paranoia y la denuncia pública. Las manos sucias, la tos, la fiebre y la policía que golpea a los pibes y las pibas por la noche. La violencia intrafamiliar, los femicidios, el cierre de las fronteras, la escasez de agua y la muerte por desnutrición. La cuarentena, los murciélagos, la tecnología 5G y la guerra bacteriológica. China, Rusia y Estados Unidos. El fake news, Netflix, las estadísticas apocalípticas y los animales sueltos que visitan la ciudad. El campo semántico que se construye en torno a la palabra coronavirus (covid 19) es extenso e interminable. Sin embargo, nunca los medios de comunicación masiva ni los líderes de opinión del mundo han puesto de relevancia la(s) perspectiva(s) y lo(s) saber(es) ancestral(es) milenario(s), tan necesario(s) y vital(es) en este contexto de contaminación y desequilibrio generalizado.

Introducción

El texto que leerán a continuación es el resultado de la lectura y la articulación de tres aspectos y áreas conceptuales bien diferenciadas: a) las notas publicadas por estos días por distintos líderes de opinión y referentes del pensamiento (Slavoj Zizek, Judith Butler, Byung–Chul Han, David Harvey y Alain Badiou); b) el contexto socio político actual en la Argentina y c) el abordaje de diferentes conceptos del pensamiento mapuche.

Kiñe | Uno

El sueño premonitorio

En el mes de febrero visité la ciudad de Mendoza. Allí realicé y participé de distintas actividades de educación intercultural. Luego, ya de regreso en mi casa, en  la ciudad de Neuquén, tuve un sueño que me conmovió, inclusive hasta estos días en donde la cuarentena parece proseguir interminablemente. En el sueño yo me encontraba parado (aparentemente) en la vereda de mi casa, al aire libre, cerca de un árbol y al lado de una mujer que me hablaba y me preguntaba cosas. Nunca pude ver el rostro de esa mujer, pero sí pude escuchar su voz. Ella comenzó preguntándome si estaba bien el color del árbol (o algo así). Yo, sin entender a qué se refería, sólo atiné a mirarla. Ella, con una especie de aguja en la mano, volvió a insistir, tocando el árbol con ese objeto. El árbol de forma misteriosa y repentina cambió su tonalidad; paso de un verde oscuro primaveral a un verde más opaco y blancuzco. Mi impresión era de desconcierto, pero también de indignación. ¿Por qué estaba haciendo eso con el árbol? Ella me volvió a hacer la misma pregunta: “¿está bien así?” Mi incomprensión y rechazo era verdaderamente inquietantes. No podía entender porqué ella hacía eso. Nunca le respondí nada, me mantuve en silencio, ofuscado. La secuencia fue breve. Sólo duró algunos segundos. Luego me desperté y estuve algunos días con esta imagen desconcertante en la cabeza. Compartí el sueño con varias personas mapuche y de mi entorno personal. En una primera lectura rápida, el sueño me comprometía a mí y a mi labor dentro dentro del área visual y fotográfica; me refiero a la implicancia que significa, en la actualidad, el uso de dispositivos tecnológicos en relación a la explotación minera y extractiva que somete indiscriminadamente al territorio y al agua como principales víctimas. Desde el pensamiento ancestral del pueblo mapuche, este sometimiento resulta, por supuesto, un sacrilegio. Luego, en una lectura más profunda, comprendí que la imagen era una visión de un futuro desalentador y poco promisorio,  donde los árboles ya no serán árboles, sino más bien,una especie de holograma proyectado en espacios públicos (y privados), para constituir con esto un posible escenario virtual y ficcional de una naturaleza perfectamente manipulable y adaptable. La naturaleza, como espacio simbólico y espiritual, se convertirá finalmente en una puesta en escena, en una ilusión, en un monumento a la muerte, sin tierra, sin olor, sin aire.

De la misma forma que las sociedades posmodernas se las ingenian para eludir cualquier obstáculo que les impida contaminar los ríos y arrasar con los árboles en nombre de los monocultivos y todas las formas de extractivismo presente, en un futuro próximo, no muy lejano, las nuevas tecnologías no sólo representarán un desarrollo concreto en materia de control (digital) y desarrollo armamenticio, sino que además significarán una nueva forma de suplantar la naturaleza por espacios aparentemente indefensos, como se puede evidenciar en el famoso Paseo de la Costa de la ciudad de Neuquén en donde se ha reducido toda forma de vida silvestre a una mínima expresión, afectando la vitalidad del río Limay o la falsa playa de Buenos Aires que directamente carece de agua de mar. Otro buen ejemplo, y ya para concluir este primer capítulo y la interpretación de mi sueño, es la “inauguración” de pozos de agua que proponen y ofrecen diferentes dirigentes políticos (incluido el multimillonario Marcelo Tinelli) para “apalear” la situación en la que están “sumergidas” las familias wichi que se mueren de hambre y de sed en el norte del país.

Los sueños premonitorios mapuche anuncian específicamente a qué le debemos prestar atención dentro del territorio que habitamos. También nos anuncian de forma global lo qué está en peligro. En este último caso, es evidente que lo que está en riesgo es la propia identidad ancestral y el rol de la naturaleza dentro de la vida y la construcción del mundo. Al responsabilizarnos con nuestra identidad y los saberes ancestrales, también (paralelamente) nos estamos responsabilizando con el territorio y todos sus elementos (ríos, lagos, cerros, volcanes, bosques) que lo conforman. Somos, en definitiva, en una lectura trascendente y poética, los custodios de la naturaleza.

Epu | Dos

La representación espiritual del agua y los constantes mecanismos de control y despojo por parte de los estados–nación sobre este elemento

Para comenzar este capítulo quiero retomar el cuadro de situación que están padeciendo las familias wichi en el norte del país. Para ello voy a abordar, a modo de ejemplo, un mecanismo de despojo y extorsión que se ha ejecutado (y se sigue ejecutando) históricamente sobre las familias mapuche en el sur del país. Tengo la necesidad de citar estos ejemplos que ya he mencionado en otros artículos, porque entiendo que se sigue pensando la pandemia del coronavirus dentro de diferentes escenarios urbanos, desconociendo, obviando y evitando la caracterización de lo que acontece en los ámbitos rurales, en donde el agua potable y los alimentos esenciales para la vida se presentan casi como elementos surreales, inhallables e inhóspitos. Como en el film “Mad Max” de George Miller, hallar un poco de agua dulce y una verdura resulta ser un asalto a la realidad, una búsqueda vital e incansable que muchas veces pueden perecer en los sueños cautivos de la intranquilidad.

Una de las primeras víctimas del fracking en la mal llamada patagonia argentina es el agua. Las formas de opresión son diversas. Específicamente desarrollaré dos casos bastante recurrentes dentro del territorio. Por un lado, el fracking rápidamente se encarga de contaminar los acuíferos de agua dulce provocando que los animales (corderos y chivos) pertenecientes a las comunidades mapuche, enfermen y mueran sin omitir con esto, que son los habitantes de las mismas comunidades (véase “Cristina Lincopan”) las principales víctimas doble afectadas; primero en su economía, luego en su salud. Por otro lado, la fractura hidráulica provoca que se generen grietas dentro de las placas terrestres, haciendo que los acuíferos de agua se diluyan en dichas grietas. Cuando un acuífero de agua se pierde de estos laberintos del subsuelo, nunca más vuelve a surgir. En este último caso los municipios y las intendencias de los distintos pueblos sugieren, ante estos escenarios que ellos mismos avalan, dos “posibilidades”. La primera es que las familias afectadas se trasladen a nuevos lugares, algo que ocurre con relativa e indignante frecuencia alterando no sólo el equilibrio familiar, sino además el orden cultural y simbólico (algo que desarrollaré en el siguiente párrafo). En segundo lugar, la propuesta consiste en que sea el mismo municipio el que provea de agua a las comunidades, provocando en este ejercicio una dependencia extorsiva perpetua.

Como es sabido, las comunidades y las familias mapuche nunca abandonarían por propia voluntad las tierras donde nacieron sus abuelos y abuelas. “Donde uno nace también debe morir. Eso para el mapuche es una ley”, afirmó Matías Catrileo en una entrevista que le realizaron en 2007 antes de ser asesinado por las fuerzas de carabineros de Chile. Es en este contexto que los intendentes y los empresarios deciden proponer agua a cambio de que las familias y las comunidades mapuche que habitan Vaca Muerta, por ejemplo, dejen pasar una serie de camiones para la instalación de nuevas bocas de pozo en sus territorios. Este mecanismo de desgaste y extorsión es constante y metódico. En este sentido, es necesario entender que estas familias viven alejadas de las ciudades y que dependen exclusivamente del agua para el consumo propio, como así también para proveer a sus animales, que son en definitiva la fuente de su economía.

Sin agua no hay vida. Sin agua no hay animales. Sin agua no existe el intercambio económico. Sin agua no pueden existir lazos espirituales, ya que se anula la posibilidad de que las personas agradezcan y se comuniquen con los ngen territoriales del lugar. ¿Cómo no agradecerle al agua por todos los ciclos de vida que produce? ¿A quién vamos a agradecer cuando el agua ya no este? ¿Por qué cuesta tanto entender, inclusive en este contexto de una progresiva pandemia mundial, que sin agua no hay vida? Ésto es algo que, por supuesto, la filosofía occidental y sus líderes de opinión son incapaces de ver, contemplando siempre al agua, en sus diferentes versiones, como un bien común o un recurso natural. Y dentro de esos parámetros el agua puede ser agotada, contaminada, extinta o usada indiscriminadamente en nombre de la humanidad y su progreso. Pensemos este mismo razonamiento en función de todos los elementos de la naturaleza, incluidos los animales que por estos días aparecen en las pantallas de los móviles. Animales que son contemplados como si fueran seres extraños que se presentan “misteriosamente” en las grandes ciudades del mundo durante el aislamiento humano.

Parados aquí, en este ejercicio reflexivo, permitámonos pensar también a las selvas y los bosques dentro del gran negocio del monocultivo sojero argentino y el acaparador negocio forestal del pino implantado en Chile. Pensemos a los lagos del sur del país en relación a la actividad turística, el deporte invernal y la pretensión de terratenientes ambiciosos (véase Joe Lewis). Y volvamos, ahora sí, a pensar en los hermanos y las hermanas wichis que deben atravesar estos momentos de desequilibrio generalizado sin poder acceder al derecho al agua, dependiendo de un asistencialismo miserable de un estados–nación y un poder empresarial que les ofrece un pozo con agua, cuando lo que le deben a este pueblo ancestral es el derecho a habitar un territorio, a ser parte de un territorio.

La dependencia del Estado está íntimamente relacionada con el despojo territorial, la historia del colonialismo en América y las nuevas formas de extractivismo. Los estados–nación no sólo  se han apoderado de los territorios, sino que además pretenden, en la actualidad, controlar los afluentes de agua y determinar dónde, cómo y cuándo deben servirse de los mismos los pueblos ancestrales que han habitado libremente toda Abya Yala durante miles de años.

Küla | Tres

La presencia de los animales en las ciudades

A fines del año pasado publiqué una investigación (véase “Francking, sismos y ríos contaminados”) que realicé junto a un equipo de documentación. En este trabajo visibilizamos la situación que está padeciendo la población de Sauzal Bonito, un pequeño paraje ubicado a 48 km de la ciudad de Añelo, cuna de la extracción de gas y la implementación del fracking en la provincia de Neuquén. Cuando llegamos a la ciudad, llegamos con el equipo motivados por las historias en torno a los sismos atípicos que estaba padeciendo el paraje y las consecuentes fracturas que agrietaron las paredes de las casas. Sin embargo rápidamente descubrimos que el problema no concluía en esas grietas, sino que se extendía hasta el agua que era sistemáticamente contaminada, llegando inclusive a afectar a los trabajadores que eran acosados, amenazados y extorsionados para que no denuncien la dependencia miserable a la que eran sometidos. La historia y los mecanismos extorsivos se volvían a repetir.

En ese mismo viaje, conocimos a un bombero y docente que se autoreconoce mapuche. Él nos advirtió sobre un hecho que había presenciado en torno a aves características que pululan en la cordillera: las bandurrias. Nos contó que cuando volvía de un encendio vio a varias bandurrias paradas sobre los cables de tensión. “¡Nunca las bandurrias se paran en los cables!”, nos afirmó convencido. ¡Y es verdad! Uno siempre ve a estas aves de pico largo sobrevolando el cielo o caminando sobre la tierra, pero nunca se posan en los cables. Algo estaban advirtiendo. De algo se estaban protegiendo. Estaban anunciando que llegarían tormentas fuertes, que fue lo que finalmente ocurrió.

En la actualidad, siguiendo con las consecuencias del aislamiento y la pandemia generalizada por el coronavirus, se ha mencionado por distintos medios y redes sociales la “aparición” de animales silvestres en las ciudades del mundo. Este anuncio se ha realizado desde el anecdotario, visibilizando un aparente lado amable y simpático de la pandemia, presentando en definitiva la aparición de los animales en la ciudad, como una nota de color. En este contexto, durante la primavera pasada en la región, ha sido de público conocimiento, la aparición de pumas, zorros y cóndores en distintas ciudades de Río Negro y Neuquén, denunciando por un lado la falta de agua (y por lo tanto de alimentos) y por otro la contaminación que produce el extractivismo. En este sentido me gustaría exponer tres mitos específicos que se trasmiten y republican constantemente por los medios masivos de la Argentina.

En primer lugar, me gustaría indicar que la presencia de los animales en la ciudad, por todo lo expuesto anteriormente, no significa para los pueblos ancestrales una nota de color ni un hecho anecdótico, sino que más bien son parte de los insumos básicos para comprender y practicar los saberes ancestrales milenarios; representan la comunión y la comunicación entre las personas y el entorno donde nos movemos  (incluidas las ciudades). Así como el cielo nublado nos anuncia que vendrán nuevas lluvias, los animales, cada uno dentro de su territorio, nos anuncian y nos revelan verdades insoslayables.

En segundo lugar, me gustaría indicar que los animales no sólo están ocupando un lugar que históricamente siempre han habitado, sino que además se ven obligados a expandir sus espacios de circulación porque los sectores en los que se deben refugiar de forma forzosa (desplazados por la presencia humana) ya no son proveedores de agua dulce. Por lo tanto y en tercer lugar, es necesario aclarar que las ciudades también constituyen territorios sagrados. Buenos Aires pertenece al país mapuche como así también la ciudad de Neuquén es parte de la Nación mapuche. Ambos son lugares sagrados, alterados e intervenidos, pero espacios sagrados al fin.

Cuando los elementos naturales son dañados, eliminados y/o contaminados, es nuestra vida espiritual la que se ve afectada, desequilibrada, algo que el pensamiento posmoderno occidental no sólo  no analiza, sino que ni siquiera es capaz de mencionar. Sin vida espiritual, la identidad se ve afectada. Estamos como enfermxs, heridxs como la misma agua de río que perece contaminada. Somxs, en términos metafóricos, un pez entrampado en una bolsa de nylon; con esa misma dificultad nos movemos en la ciudad. Sin embargo seguimos siendo che (gente); warriache o mapurbe seguimos portando nuestra identidad mapuche; una identidad mapuche que debe ser responsable y severa a la hora de evidenciar y denunciar estas observaciones que el hombre blanco no contempla.

El filósofo coreano Chul Han en su último artículo “La emergencia viral y el mundo de mañana” insiste con la idea de que “somos nosotros personas, dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo”. Mientras que por su parte en “El coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill…”,  Slavoj Zizek (Eslovenia) indica:

“Quizás otro virus ideológico, y mucho más beneficioso, se propagará y con suerte nos infectará: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá del estado-nación, una sociedad que se actualiza a sí misma en las formas de solidaridad y cooperación global.”

Pareciera que para Zizek, como para Chul Han, fuera necesario inventar o reinventar una nueva sociedad guiada, por supuesto, por la inventiva de la razón y el pensamiento occidental, como si los miles de años que llevan los pueblos ancestrales observando al mundo, no sirvieran para reconocer la ternura y los lazos de comunión que nos constituyen como personas en relación con los demás seres de la naturaleza.

Meli | Cuatro

La salud y la medicina ancestral

Hace algunos meses, antes de viajar hacia México, una amiga me dejó una bolsa con hojas de eucalipto aromático. Estas hojas, a diferencia de las hojas comunes (más conocidas) son de forma redondeada y tienen un color verde claro opaco. Mientras concluyo esta nota, el vapor de esas hojas inmersas en agua caliente se esparce por toda la casa; este vapor va directo a mis pulmones. Como muchas personas saben, el vapor de la hoja de eucalipto es anticongestiva, antibacterial y desinflamante de bronquios y pulmones, algo que para la situación actual resulta muy propicio y oportuno. Siguiendo el hilo de este relato, la pregunta que surge es ¿cuántas personas, estén o no atravesando la primera etapa de la pandemia, consideran este tratamiento? ¿Cuántas de ellas se animarán a presentar esta planta como una planta medicinal? Y si es verdad que el coronavirus es parte de una guerra bacteriológica entre China y Estados Unidos ¿cuántos artificios se tendrán que inventar antes de encontrar una cura? ¿De qué forma se beneficiarán las grandes firmas farmacéuticas con esa cura? ¿Cuánto nos alejará esa cura de la medicina ancestral y milenaria, tan plausible y generosa como una hoja de eucalipto?

La hoja de eucalipto se puede tomar como infusión o hervir en agua para producir vapor dentro de la casa. Foto Gustavo Figueroa

En su artículo “El capitalismo tiene sus límites” Judith Butler (EEUU), en referencia a la salud pública y el rol estatal de los Estados Unidos afirma que:

“Las nuevas proyecciones que establecen a Biden como el claro favorito son devastadoras durante estos tiempos, precisamente porque Sanders y Warren defendieron el ´Medicare para Todos´, un programa integral de atención médica pública que garantizaría la atención médica básica para todos en el país. Tal programa pondría fin a las compañías de seguros privadas impulsadas por el mercado que regularmente abandonan a los enfermos, exigen gastos de bolsillo que son literalmente impagables y perpetúan una brutal jerarquía entre los asegurados, los no asegurados y los no asegurables.”

Una vez más vemos cómo la medicina en términos oficiales, comunicacionales y discursivos, se debate sólo entre la dependencia avara de las empresas privadas y la burocracia incansable de los estados–nación, como si en Estados Unidos no existieran pueblos ancestrales y una medicina tradicional legítima y respetable. Pareciera que para esta intelectual (bastante bien aceptada y respetada) en Estados Unidos no existen otras naciones, como la Nación Lakota en la cual, en este momento, decenas de personas de este pueblo (como también estadounidense) acuden a la salvia blanca y el cedro para ionizar el ambiente; un ambiente que es amenazado, como en China, por la presencia de la tecnología 5G; una tecnología que impone una frecuencia nociva para las defensas de los seres vivos. Y con ésto no quiero decir que en situaciones extrema, los médicos que asisten a los enfermos de New York deban prender inciensos para ver si una persona de 80 años puede recuperarse de sus afecciones. Estoy hablando de problematizar un sistema cultural, económico y filosófico completo; un sistema que se encarga, por diferentes vías, de alterar la armonía de la vida: empezando por la adulteración de la comida con agrotóxicos,  pasando por la contaminación del agua que bebemos y el aire que respiramos como consecuencia de la actividad extractiva, hasta llegar a los laberintos de dependencia burocrática que nos impide elegir qué forma de vida queremos desarrollar en nuestro espíritu y con nuestra familia.

En este sentido, Alain Badiou (Francia), en su recientemente artículo “Sobre la situación epidémica” indica:

“Sabemos desde hace mucho tiempo que, en caso de guerra entre países, el Estado debe imponer no solamente a las masas populares sino también a los burgueses, restricciones importantes para salvar al capitalismo local. Las industrias son casi nacionalizadas en beneficio de una producción de armamentos desencadenada, pero que no produce ningún plusvalor monetario en ese momento. Una gran cantidad de burgueses son movilizados como oficiales y expuestos a la muerte. Los científicos buscan, noche y día, inventar nuevas armas. Un buen número de intelectuales y de artistas son requeridos para alimentar la propaganda nacional, etcétera.”

La medicina ancestral de los pueblos reside en la tierra; sin tierra no hay lawen (plantas medicinales); sin lawen no existe autonomía para curarnos y autoconservarnos sin la dependencia de las farmacéuticas y la provisión de las curas de los estados–nación, que tarde o temprano nos terminan usando como carne de cañón o ratones de laboratorio.

Ante este punto crítico y de transición donde nos encontramos, se presentan dos senderos a seguir, disímiles entre sí: por delante tenemos la reinvención del capitalismo salvaje, acaparador e insensible y/o el regreso hacia el pasado en busca de la autonomía y los saberes ancestrales de los pueblos.

Kechu | Cinco

La guerra es simbólica: pensar la dimensión surreal de la autonomía en tiempos de aislamiento neoliberal, es la estrategia

David Harvey (Inglaterra) en “Política anticapitalista en tiempos de COVID 19” describe, a propósito del declive de la economía, que:

“En la medida en que el consumismo contemporáneo se estaba volviendo excesivo, estaba bordeando lo que describía Marx como ‘sobreconsumo y consumo demencial, lo que significa a su vez, (bordear) lo monstruoso y lo estrambótico, la ruina’ de todo el sistema. Lo temerario de este sobreconsumo ha desempeñado un papel de primera importancia en la degradación ambiental. La cancelación de vuelos de líneas aéreas y las radicales restricciones al transporte y el movimiento, han tenido consecuencias positivas en relación a las emisiones de gases de invernadero. La calidad del aire ha mejorado mucho en Wuhan, igual que lo ha hecho en muchas ciudades norteamericanas. Los lugares de ecoturismo tendrán tiempo de recobrarse de tantas pisadas. Los cisnes han vuelto a los canales de Venecia.”

Una verdura (de estas dimensiones) cosechada en el patio de una casa de un barrio resulta ser un hallazgo casi inesperado e inhóspito. Hablo de la actual dimensión surreal de la autonomía que se nos presenta tangible, aunque indefinida y estrecha. Foto Gustavo Figueroa

La guerra es simbólica entre los elementos de poder del pensamiento occidental y los elementos de poder de los pueblos ancestrales. Para el mundo occidental blanco, las iglesias, los bancos, las escuelas, los hospitales y las comisarías son espacios de poder irreductibles, dignos de ser mencionados en todos los portales de noticias. Para las sociedades blancas occidentales una camioneta RAM resulta un elemento de poder, como también lo son las cigüeñas de petróleo esparcidas en toda la plataforma de Vaca Muerta. Para el hombre blanco un revólver es tan poderoso, como lo son las edificaciones que están en Puerto Madero, un hotel 5 estrellas en San Martín de los Andes o un helicóptero militar sobrevolando los barrios periféricos de la ciudad de Rosario. En cambio para nosotrxs, los pueblos ancestrales del mundo, el agua es un elemento de poder tan importante y esencial para la vida como lo es la presencia de un volcán. Respetamos la presencia de un zorro en la warria (ciudad), como así también respetamos el sonido de las olas de un lago impactando sobre la orilla de un bosque de pewenes durante un día ventoso. Para nosotrxs, los pueblos ancestrales, la presencia de un choyke (avestruz) es digna de ser mencionada y respetada, como también nos parece conmovedor ver planear a un cóndor sobre nuestras cabezas.

Es este contexto de cuarentena, imaginar poder acceder a una parcela de tierra (por más pequeña que sea) para extraer alimentos saludables y exquisitos, representa una escena digna a ser representada, aunque de alguna forma es también, para un grupo importante de la sociedad (en la cual me encuentro), una escena particularmente lejana. Resulta urgente colocar en tela de juicio cómo la vitalidad de los alimentos, eso que comercialmente en la actualidad se conoce como el mercado internacional de los alimentos orgánicos, sólo está al alcance de un sector ínfimo de personas, haciendo de estos alimentos saludables y exquisitos, productos premium de consumo regular y esporádico. La autonomía de los pueblos radica en tener el derecho a poder elegir y decidir qué comer, cómo comer y cuándo comer.

Kayu | Seis

Reinvindicar la propia identidad y el territorio que habitamos

“El virus no puede reemplazar a la razón”, afirma Chul Han, en referencia a que si existe un proceso revolucionario en la actualidad no puede ser adjudicado a la pandemia del coronavirus. En este sentido, Han tiene razón. El punto de inflexión quizás radique en que necesariamente en Latinoamérica, a diferencia de Europa, China y Estados Unidos, se debe pensar en un proceso revolucionario enmarcado en un proceso emancipatorio. Admitido ésto, entenderemos también que jamás se podrá dar un proceso emancipatorio en Abya Yala (América) forjado y surgido desde el pensamiento del hombre blanco occidental, por más revolucionario que este pensamiento sea.

En Neuquén y Río Negro, a diferencia de otras provincias del país (como Buenos Aires) los y las dirigentes de los partidos de izquierda, como así también lxs mismos integrantes de estos partidos, son mapuche. Que no lo puedan o no lo quiera reconocer en público ni en su vida privada no debe ser interpretado como un acto heroico ni glorioso, tampoco puede ser valorado como un hecho menor e intrascendente. Más bien representa un acto triste y lamentable, en donde el derecho de preexistir y habitar el territorio familiar es cedido al  (un) estado–nación argentino, los patrones y el poder capitalista al que estas organizaciones tanto dicen enfrentar.

Es el derecho a la preexistencia, el territorio y el agua lo que está en riesgo, lo que hay que defender; dentro de la defensa y la custodia de estos elementos emerge nuestra existencia. Sin este orden primordial y fundante nuestro pensamiento racional, entendiéndonos como parte de las naciones sometidas, vale muy poco.

Como mapuche en la ciudad, reinvindicamos la autonomía de los pueblos, reinvindicamos la defensa de los elementos naturales ante los avances de las nuevas formas de extractivismo, reínvindicamos los saberes y la medicina ancestral. Reinvindicamos también convivir con nuestros sueños y aprender todos los días a leer la literatura presente en la naturaleza.

Los animales no “avanzan”, “ni ganan terreno” como describen varios comunicadores en tono jocoso. Tampoco se trata del “lago B” de la pandemia. Los animales vuelven a transitar un territorio por donde históricamente han caminado. Nosotros como che (gente), con una identidad ancestral milenaria, también tendremos que volver a salir de este aislamiento que han producido los estados–nación (invasores) para transitar el territorio nuevamente,  portando los saberes y los conocimientos ancestrales que nunca debimos haber abandonado.

Categorías: Opiniones, Pueblos Originarios, Sudamérica
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