Historia de confinamiento / 13

22.04.2020 - Redaccion Colombia

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Historia de confinamiento / 13
(Imagen de Hannah Lim. unsplash)

Pressenza ha decidido abrir su redacción a todas aquellas personas que deseen compartir sus historias y reflexiones inspiradas de este periodo de confinamiento.

Continuamos esta serie de relatos con este magnífico texto enviado por Cristina Ávila-Zesatti, periodista mexicana y directora general de Corresponsal de Paz, un medio que, como Pressenza, está enfocado en el Periodismo de Paz.

Cristina Ávila-Zesatti : Una encerrona de silencio, paz, animales, interconexión y buenas noticias

Escribo este texto bajo el influjo de “la luna rosa” de este abril ensimismado que nos ha tocado vivir en el año cero de la segunda década del siglo XXI… allá afuera se respira miedo a un virus y adentro de mi casa se respira libertad, más libertad que nunca, que ya es decir. 

Dicen que ‘estamos confinados’, al menos eso leo, eso oigo, eso veo por todos lados… dicen que el mundo se ha puesto en cuarentena y que es preciso tener miedo. Yo me siento, siempre me he sentido, muy cómoda con el silencio y la soledad, pero confieso que me cuesta mucho esfuerzo sentir miedo, no de ahora, sino en general, desde siempre… sin embargo, en este momento de rareza mundial, pareciera que eres irresponsable y hasta egoísta si no sientes temor… algo, aunque sea un poco de temor, si no por ti, por algo o por alguien… pero es preciso sentirlo, porque el ambiente externo casi te fuerza a ello. 

Yo incluso algunas veces creo que he sentido miedo de no tener miedo… me he esforzado, de verdad que sí, pero no me sale. Lo lamento. No es culpa mía, es como que nací con ese defecto de una intrepidez que con frecuencia raya en la estupidez, y por eso suelo resistirme a las cosas cuando me las imponen… como diría mi Padre, soy “una contreras”… así que más bien me he puesto a hablar conmigo misma muy en serio, y creo que he llegado a un acuerdo entre mi adentro y mi afuera; un acuerdo que consiste en algo muy simple: respetar el miedo ajeno aunque no lo comparta ni lo comprenda. 

Como buena solitaria que soy, hace ya mucho tiempo que descubrí que en cada cabeza humana se está librando, siempre y sin tregua, una batalla monumental entre la propia existencia y la coexistencia, así que puedo, o al menos intento, respetar el maremágnum de emociones que está trayendo a cada uno en lo individual, esta etapa de cuarentena y confinamiento social,  así que yo respeto mi propio acuerdo interno, y simplemente hago lo que me pide el miedo de los demás: me distancio, me lavo, me unto, me rocío, me cubro… porque también me tranquiliza tener algo al alcance para reducir un poco, con mi anuencia y con mis gestos, el miedo de los demás. Después de todo, cuidar es una forma de abrazar sin tocar, y comprender el malestar o el temor ajeno también es una forma de amar, eso creo.

El amor animal convertido de pronto en coartada social

Quizá, pienso a veces, la parsimonia con la que yo estoy transitando este extraño acontecer global, proviene de mi constante contacto con mi familia animal. Variada y numerosa, por cierto. Y es algo que hace ya tiempo que vivo en mí y observo en otros, algo que yo suelo llamar “la paz de los animales”; una sensación que hasta hace poco no era muy valorada por la sociedad, y que hoy se ha convertido, casi de golpe, en una evidencia general: porque la presencia y la compañía de (mínimo) un animal en casa, logra que las vidas humanas puedan salir, al menos durante algunos preciosos momentos al día, de ese ensimismamiento egoísta y demencial que caracteriza a nuestra especie casi devorada por la modernidad. Y hoy, sin mucho qué hacer, encerrados por el miedo a salir, y confinados por la angustia de las cuatro paredes, los animales de compañía parecen estar rescatándonos de nuestra propia ignominia.

En general, los animales transitan la vida en un presente constante, y en particular, los animales de compañía, nos van llevando, sin muchos aspavientos, a que los humanos tengamos pequeños fractales cotidianos de ese “saber estar aquí”: ese momento en que tu perro casi te obliga a salir al parque a pasear, ese hablar y hasta discutir con tu gato en tono confidencial, esa tranquilidad que te invade de suavidad el cuerpo y el alma cuando los acaricias, esos momentos en que la depresión acecha, pero ellos no la dejan llegar porque su presencia te recuerda que debes levantarte para hacerte cargo de otro ser que no seas tú: alimentarlos, poner agua o simplemente concentrarte en limpiar… o cuando sin motivo alguno recibes de sus ojos una mirada que te explica el amor incondicional, todos esos son regalos que nos hace “la paz animal” a los humanos… 

Y yo, animalera de corazón de toda la vida y desde hace varios años rescatista oficial, veo con positivo asombro cómo ahora, en medio de la encerrona humana, ellos, los animales todos, están poco a poco tomando su lugar en nuestras vidas: y me maravillan menos las noticias de animales salvajes que toman las calles de las ciudades vacías, porque estoy mucho más fascinada al ver cómo los animales caseros se están haciendo cargo de un lugar mucho más inaccesible hasta ahora: los vaivenes y la angustia de los corazones humanos. 

Y por supuesto que esto alegra mi propia cuarentena personal, en la que, además, mis perros y gatos rescatados se han convertido hoy en una especie de “salvoconducto” social, porque yo continúo haciendo, diariamente, mis dos paseos acompañada de varios perros, mientras que el confinamiento no ha detenido tampoco esa ronda que hago cada noche, y desde hace 10 años ya, para llevar alimento a varios gatos callejeros en tres lugares del centro de la ciudad. De acuerdo a las nuevas normas de la emergencia sanitaria, no represento un peligro para los humanos, porque paseo sola, me lavo constantemente las manos y limpio las patitas de mis perros antes de entrar a casa… de modo que, cuarentena o no, mi porción personal de “paz animal” sigue, por fortuna, intacta. 

El reto de sentir al mundo mientras yo me quedo en casa

Y esa paz animal de la que disfruto, de la que me beneficio y de la que  soy responsable, es, quizá, la que me proporciona cierta calma y cierta profundidad, y también cierta “sana distancia” para pensar y para habitar y cultivar mis otras facetas con las que percibo y traduzco mi humanidad. Como lectora, escritora y periodista que soy, intento sortear, lo mejor que puedo, esa otra prisión mental en la que nos ha sumido el confinamiento: nuestro diario bombardeo de información y desinformación mezclada con entretenimiento. 

Y cada día así estoy, (como presumo estamos miles de ciudadanos), herida en mi ser emocional por toda esta artillería pseudo-intelectual que nos invade… por este bombardeo constante e incansable de artículos, videos, imágenes, mensajes personales o grupales plagados de fatalidad, de chistes baratos, de poesía de pacotilla o de teorías premonitorias del cosmos, la religión y la espiritualidad. 

¿Acaso no es suficiente ya con lo que nos sucede a cada uno de nosotros por dentro? He sabido de muchos amigos de varias partes del mundo empiezan a estar muy hartos de la tecnología que ofrece “falsas promesas de conectarnos”. Y creo que eso está siendo una difícil pero bella parte de este proceso de cuarentena: el discernimiento entre lo que es la distancia, y lo que es el alejamiento. 

A decir verdad, creo que esta actitud significa que estamos comenzando –por fin- a ser sinceros, porque este hartazgo no es de ahora. Hace ya mucho tiempo que estábamos sintiéndonos saturados, sobreexcitados y enajenados. Hace ya mucho tiempo que interiormente estábamos deseando parar de una realidad que también nos impedía, aunque de otra manera, abrazar la propia vida, abrazar a los nuestros con tranquilidad y saber qué deseos y sueños asir, y qué otros era tiempo de soltar. 

La buena noticia es que hoy, con más o con menos resistencia, todos empezamos a sentir y a notar esa sutil diferencia. Obligados por la cuarentena, sí, pero creo que por fin estamos logrando desenchufarnos de las exigencias de afuera para reconectar, con más o menos torpeza, con las exigencias de adentro, que son, a la postre, las únicas que de verdad cuentan. 

Cuéntame un cuento y verás qué contento

Excepto por mi visita al café de la plaza en donde solía refugiarme a ratos, lo cierto es que en mi vida exterior casi nada ha cambiado durante este confinamiento. La versión “Cristina-Bruja-En-Cuarentenada”, es algo muy parecido a lo que era antes de que este virus nos encerrara: sigo siendo una solitaria, un bicho raro que anda dejando alimento para gatos callejeros por las noches y que se pasea en el parque con 8 o 10 perros a la vez; pero en cambio, admito que en mi vida interior sí he encontrado estos días algunos tesoros que tenía arrumbados o perdidos en los entresijos de la vida apresurada. 

Esta Pandemia que nos ha enviado a resguardarnos, creo que está logrando que nos encontremos de nuevo. Yo en estos días he vuelto a llorar a menudo de pura emoción y casi sin motivo, porque este silencio me ayuda a pensar y a sentir con mayor claridad; he retomado mis ejercicios diarios de qi-gong y las meditaciones a deshoras… pero además, voy construyéndome también espacios físicos y mentales que me inspiran a olvidarme de las pantallas por ratos largos: coloreo mandalas, leo libros postergados y escribo (a mano) reflexiones de todo y sobre nada, es decir: a mí esta encerrona me está drenando, me está limpiando… y me temo que no soy la única… y me gusta esta sensación de ligereza detenida en el tiempo. 

Pero Bruja nací y luego me hice periodista… y bien dicen por ahí que “genio y figura hasta la sepultura”, porque es un hecho: de los dones y de las vocaciones es imposible huir, y lo mejor que puede hacerse con eso es fluir. Así estoy yo ahora, haciendo malabar y medio para equilibrar mi cuarentena con esta típica “adrenalina” que, en momentos de urgencia, a los periodistas nos hace hervir: queremos participar, contar, estar ahí… pero yo estoy guardadita en mi casa. 

Y sin embargo, aun desde casa, sigo siendo la Bruja-Periodista que cree firmemente, y desde hace mucho tiempo, en las posibilidades de la paz, y en el enorme poder transformador que tienen las historias que sobre el mundo y la realidad nos vamos a contar sobre este extraño momento. De modo que, aprovechando mi “no-miedo individual”, y mi deseo de reducir o paliar un poco todo este halo de temor y densidad social, me he puesto manos a la obra para echar a andar la maquinaria de mi proyecto digital de “Periodismo de paz”, enfocado en “otra mirada” que nos aleje del miedo y nos dé esperanza.

No estoy sola en esta tarea: mi maravilloso equipo de trabajo, repartido por varios lugares de México y el mundo, se ha unido al “Reto de la R” que en este momento nos hemos auto-impuesto en Corresponsal de Paz: Rescatar, Recopilar, Redactar y Reportear (todo muy Responsablemente) las muchas, muchísimas historias de colaboración y solidaridad que están surgiendo en todo el planeta. 

Como periodista, soy amante del rigor y de la veracidad, y como bruja, sé que todos estamos hechos de energía. Creo mucho, muchísimo, en el poder de las energías primarias que mueven al mundo social y natural. Por eso ahora, precisamente ahora, me parece que es de suma importancia colaborar, con información esperanzadora y positiva, que pueda “elevar nuestra vibración” individual y social en este momento en que todo el planeta parece haberse detenido en un expectante y rarísimo impasse.

Este parón mundial tiene sin duda muchas facetas: para el reino natural está siendo un verdadero respiro, para el reino animal una cierta reivindicación y para el reino humano, un oscilar de emociones que han estado durante largo tiempo reprimidas; estamos ahora sometidos todos a ese vaivén de un “duro despertar”, y que nos lleva de la tristeza al miedo, de la ansiedad a los deseos de calma y tranquilidad, del insomnio a las ganas de solamente dormir un sueño largo para que todo vuelva, como por arte de magia, a nuestra conocida “normalidad”… y todo esto nos sucede porque quizá, por primera vez en mucho tiempo, nos estamos atreviendo a hacernos grandes preguntas sobre la vida, la muerte y el sentido profundo de esos dos inevitables extremos de la existencia. Estamos, como quien dice, haciéndonos conscientes de que nuestras vidas, las propias y las ajenas, están justo en el medio, y es preciso hacer algo con ellas ya. 

A la interconexión no le importa la distancia

Creíamos, ingenuos o engañados, que habitar “un mundo conectado” era la falsa inmediatez de mensajes, noticias, redes, plataformas y vuelos intercontinentales… Hoy sabemos que la “interconexión global” es otra cosa… 

Empezamos a comprender que todo está interconectado, que todos estamos conectados. A veces, ahora, esa comprensión nos golpea con una cierta carga de rabia, cuando vemos que otros no toman los cuidados que nuestros propios miedos requieren para sentirnos a salvo; otras veces, esa comprensión de interconexión nos llega con altísimos niveles de incertidumbre y desasosiego, cuando pensamos en el futuro que hasta ayer, tan alegremente, dábamos por sentado… 

Los extremos se tocan y hoy vemos cómo todo lo que hacen o les pasa a los otros nos afecta, nos importa y nos incumbe: desde un caminante anónimo y despreocupado o un niño jugando inocentemente con un pasamanos que podrían, quizá, contagiarnos sin querer, hasta el desplome de una gran empresa que ayer tal vez ni nos hubiera importado, y que ahora entendemos que, tarde o temprano, será un desplome que acabará por resentirse en nuestra vida y en nuestra casa… porque hoy, todo lo que antes nos parecía lejano, resulta que está más cerca de nuestro destino personal de lo que pensábamos, sea un país, una región del mundo, un sector de la economía o de la población, o hasta un barrio de nuestra propia ciudad del que jamás antes habíamos siquiera oído hablar.

Pero también estamos empezando a entender la interconexión en forma de “energía social”. Nos sucede como un flechazo de consciencia que nos conmueve, o cuando comenzamos a preguntarnos qué sucederá con el café de la esquina, con la panadería del barrio, con nuestro vendedor ambulante de turno, o con la tienda, grande o pequeña, donde despreocupadamente solíamos surtirnos de ropa, comida o meros caprichos… empezamos a mirar a nuestro alrededor, y a ver, de verdad y con otros ojos, a quienes antes nunca habíamos visto… y empezamos así a comprender, poco a poco, que la vulnerabilidad es de todos.

Y precisamente por todo esto que nos está sucediendo de manera simultánea mientras ni siquiera nos podemos tocar, es que he sentido que Corresponsal de Paz tiene en este momento una misión fundamental. 

Hoy más que nunca me parece urgente y necesario hacer “periodismo de paz” con esmero y responsabilidad. Porque hay “energías sociales” que se están moviendo y que son muy similares en todo el mundo, y esto no es para nada una mera casualidad: es la prueba irrefutable de que estamos, de que siempre hemos estado “interconectados” y de que, aunque apenas ahora comencemos a notarlo con nitidez, nuestros destinos siempre han estado entrelazados.

Creo que no me equivoco cuando, desde mi rincón personal, me asomo a la ventana para ver “la luna rosada”, y puedo percibir en el ambiente una sed de estrellas generalizada… nunca estuvimos solos bajo el cielo, y creo que empezamos poco a poco, todos nosotros, a sentir que siempre nos tuvimos los unos a los otros. Muchos ya lo están demostrando. Lo están viviendo…  Nos estamos descubriendo y nos estamos uniendo, aun en la distancia y aun en medio del confinamiento… 

Por eso, desde mi silencio personal, rodeada de la paz que me dan mis animales, me he puesto a la tarea de contarlo, para que cuando salgamos de esto, no caigamos en la tentación de olvidar de todo lo que somos capaces cuando el temor a la muerte espolea nuestras ganas de vivir… y de ayudar.

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Hay vivencias que dejan una marca en nosotros, y que sin duda pueden servir de inspiración para muchas otras personas. Les invitamos entonces a enviar sus historias al siguiente correo electrónico: mauricio.alvarez@pressenza.com 

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Categorías: Sudamérica
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