Epu. “Tayiñ Nor Zungun Miawal” (nuestra palabra justa para andar)

15.11.2016 - Río Negro, Argentina - Gustavo Figueroa

Epu. “Tayiñ Nor Zungun Miawal” (nuestra palabra justa para andar)
(Imagen de Gustavo Figueroa)

“Todo lo que hacemos es para que los kuyfikeche viajen a la tierra de sus ancestros”. Capítulo 2

Introducción

Kimvn (sabiduría), Newen (fuerza), Kume dungun (buena palabra), Kume Rakizuam (buen pensamiento) son palabras y frases que se repiten como conceptos; son principios de vida (mapuce) que se repiten en el meli witran mapu (cuatro puntos cardinales de la tierra); en cada trawün (encuentro), en cada Nguillipun (ceremonia), en cada lof (comunidad), en cada mapuce (gente de la tierra) está presente la difusión –de parte de las autoridades filosóficas y espirituales– de estos principios de existencia y diálogo contemplativo; siempre prevalece la contemplación respetuosa dentro de la cosmovisión mapuce. “Un longko debe ser una persona que respete a todo el mundo, debe respetar a todos los che (gente) que habitan la ñuke (tierra); debe ser un kumeche (buena gente)”. “Pero hay que conocer y para conocer hay que transitar el territorio”, me advierten certeros jóvenes mapuce. Y en ese proceso ando. Asumo como propia una práctica cultural ancestral. En cada lugar que visito encuentro la sabiduría de jóvenes y mayores mapuce que abundantes proliferan como lawen (plantas medicinales) sobre las calles esquivas del mundo subalterno. “El conocimiento sana”, define la Machi Pinda. Parafraseo otra de sus frases y reflexiono: “nosotros y nuestro pensamiento somos el remedio”. Por los senderos más despreciables caminan despojados, estigmatizados, irreconocibles mis hermanos y hermanas. Cada encuentro que logramos concretar responde a una forma de construcción filosófica y espiritual, pero también política. Logramos calmar la tristeza del recuerdo; durante unas horas nos fortalecemos, tejemos redes, articulamos fuerzas, bebemos como desde un ojo de agua la sabiduría de nuestro mayores. Luego seguimos el rupu (camino), cada uno hacía su ruka (hogar), su lof (comunidad), su waria (ciudad). “Pukallal peñi, peukallal lanmgen. Que tenga buen camino, que llegue bien a destino. Saludo a la familia”. Y en el viaje pensamos en el próximo encuentro.

Epu. “Tayiñ Nor Zungun Miawal” (nuestra palabra justa para andar)

El Espacio de Articulación Mapuche y Construcción Política está conformado por jóvenes mapuce que residen en la ciudad de Furilofche. Educadores, comunicadores, músicos y activistas mapuce que estudian y practican la cultura ancestral de sus abuelos. Entre los numerosos trabajos que ha elaborado el Espacio de Articulación Mapuce presentó, durante el segundo encuentro intercultural, un trabajo histórico gráfico introductorio pedagógico, ameno y breve, aunque concreto. En las primeras hojas de “Tayin Nor Zungun Miawal” se puede leer:

“Cuando San Carlos de Bariloche no estaba en los planes de nadie, en el territorio al sur del lago Nahuel Huapi ejercía su rol de lonko Antonio Modesto Inacayal. La afirmación se encuentra en la memoria oral del pueblo mapuce, pero también en varias fuentes escritas.”

En la actualidad Bariloche padece un desborde demográfico que podría –a simple vista– haber sido contenido con planificación e inversión, sin embargo rápidamente uno puede comprender como sólo las zonas céntricas y turísticas son intervenidas por el poder político estatal, mientras las zonas periféricas aumentan en un ritmo constante y desurbanizado –en esas zonas periféricas, postergadas, como en muchas ciudades del país, habitan los nietos de los grandes logkos mapuce. Y no es casual que así sea, que estos nietos y bisnietos padezcan el destierro y la pobreza. En la ciudad no hay prácticamente semáforos ni señalizaciones, como si esta ciudad continuara siendo –para la comprensión del municipio local– un pueblo de pocos habitantes; como si lo verdaderamente importante dentro de la ciudad pasara por un submundo de poder inalcanzable para la ciudadanía local. Estas valoraciones económicas–étnicas son una constante dentro de la ciudad. Las casas pululan por doquier entre un gris de tierra incontenible. Aunque de tanto en tanto, mientras se dobla una esquina, se ascienden en una calle, aparece como un impacto visual imponente sobre el cuerpo cansino de las montañas el color intenso del lago Nahuel Huapi.

“Cuando amanece –todavía hoy, en pleno siglo XXI– algunos hombres y mujeres mapuches que viven en Bariloche salen de sus casas con un poco de yerba entre las manos, trazan un círculo paso a paso de derecha a izquierda, de pie y de cara al puel (este) rocían lentamente la tierra con esta ofrenda, mientras el mapuzungun se hace escuchar. De este modo, ponen en vigencia una práctica ancestral llamada llellipun o pichi nguillipun, para comunicarse con las fuerzas que coexisten: la fuerza del Nahuel Huapi, la fuerza del cielo, de los cerros, del viento, del volcán, del bosque”.

El Espacio de Articulación Mapuce piensa consignas en función de la historia y de la realidad en que vive la ciudad y el territorio que habitan: “detrás de la identidad barrial hay una identidad ancestral”, “Memoria, Verdad y Justicia para el genocidio fundante de este Estado”, “Memoria antes de 1976”.

La lectura y contemplación de la historia reciente es un ejercicio pedagógico dentro de Tayiñ Nor Zungun Miawal:

“Al dirigirse uno de los subordinados del jefe argentino hacia el Seno de Reloncaví por el Paso de los Vuriloches, anotó que entre los ríos Ñirihuau y Ñireco encontró los corrales y tolderías abandonadas de Inacayal, quien por entonces buscaba refugiar a su gente más al sur. En la segunda Expedición al Nahuel Huapi (1881-1882) Villegas dispuso tajadamente su exterminio. Desde entonces, se sucedieron sobre los antiguos moradores de Bariloche y sus alrededores una serie de ataques, en su mayoría cargas de madrugada contra tolderías de ocupantes semidormidos. En los libros del Ejercito aparecen como combates pero si se lee con detenimiento y si sobre todo, se repara en la cantidad de bajas, se advertirá que más que entreveros, fueron masacres. La última tuvo lugar el 18 de octubre de 1884, cuando un contingente militar descargó por sorpresa sus rifles sobre las familias de Inacayal y Foyel, a pesar de que en intensos trawün, ya se había resuelto la ‘presentación’, es decir, el agotamiento de la resistencia”.

La identidad es un constante trabajo de reconocimiento del pasado reciente, articulando con los hechos de la actualidad que continúan ocurriendo como parte de un mismo plan de exterminio. Como asegura la antropóloga Diana Lenton: “el genocidio sobre los pueblos originarios de la Argentina es el único genocidio que no tuvo (ni tiene) fecha de finalización”.

Categorías: Pueblos Originarios, Sudamérica
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